La luz que deja de iluminar nuestras estivales noches: luciérnagas

Luciérnagas, también conocidas como “gusanos de luz” pertenecen a la familia de los lampíridos, son por tanto coleópteros (escarabajos), aunque por su aspecto no lo aparenta. Machos  y hembras de una misma especie difieren mucho; las hembras tienen aspecto de larva, normalmente ápteras (sin alas), en ocasiones con alas vestigiales; los machos por otra parte si son alados y voladores, de menor tamaño que las hembras y con morfología de escarabajo. Las hembras son las que tienen capacidad bioluminiscente, poseen unas células con actividad luciferasa, que a partir de un sustrato denominado luciferina, generan luminiscencia.

Estas células se encuentran situadas en la parte final del abdomen,  tienen además otras células en el abdomen con cristales de ácido úrico que reflejan y amplían la emisión de luz de las anteriores. Esta luz emitida por las hembras actúa de atrayente sexual, de hecho, las distintas especies emiten distintos patrones de luz, por lo que el macho identifica si la hembra es o no de su misma especie.


Existen alrededor de 2000 especies de luciérnagas, distribuidas la mayoría en las zonas tropicales y subtropicales, puesto que habitan en zonas húmedas; sólo unas cuantas se sitúan en Europa, de ellas en España se encuentran 8 especies.

Las luciérnagas, además de regalarnos un bonito paisaje por su bioluminiscencia en las noches de verano, ejercen un papel fundamental en la dinámica de los ecosistemas. Sus larvas se alimentan de larvas de invertebrados, especialmente de pequeños caracoles y babosas en elevado número, beneficiando de forma muy directa a la agricultura; actuando como pesticida natural.

Como la mayoría de los insectos, las luciérnagas están disminuyendo su número y desapareciendo, debido al extendido uso de pesticidas. Añadiendo el problema de la contaminación lumínica, quizás no tanto porque los machos puedan confundir las luces artificiales con la luz de las hembras de su misma especie, sino porque estas les desorientan y les dificulta la búsqueda de las hembras, disminuyendo por ello su reproducción y por tanto, el número de individuos de sus poblaciones. La contaminación lumínica produce grandes problemas en el mundo animal, desorientación de aves en migración, desajuste en la relación depredador-presa para muchos animales, crías de tortugas que van hacia el paseo marítimo en vez de dirigirse hacia el mar, anuros que quedan atrapados en haces de luz, y un largo etcétera.

En el caso concreto de las luciérnagas, para contribuir a su conservación de forma sencilla, se debería disminuir el uso de pesticidas en agricultura, optando por una agricultura ecológica, algo que está al orden del día. Además, disminuir el uso de lámparas en verano (puesto que es la época de reproducción de las mismas, desde finales de junio hasta principios de agosto), en particular en las zonas más rurales y urbanizaciones y las que iluminan senderos, y en mayor medida las que se encuentran cerca del suelo, puesto que las hembras no vuelan y se encontrarán mayoritariamente cerca del suelo, donde los machos las buscarán.

Queda de más decir que evidentemente, cuando tratas de proteger y conservar a una especie concreta como en este caso, ayudas a proteger a otros, puesto que conservas su hábitat que es hábitat de otros muchos organismos. Como ejemplo llamativo encontramos la ciudad de México (concretamente en Xalapa), donde debido al ecoturismo atraído por los espectáculos que proporcionan las luciérnagas, se ha favorecido la conservación del bosque, disminuyendo la producción madera en un 70%.

Apreciaron que a medida que disminuía la distribución boscosa, disminuía el turismo generado por las luciérnagas; tratándose pues la luciérnaga como un indicativo de” bienestar” de un ecosistema.